El jockey brasileño todavía no puede creer lo que le tocó vivir en el último Longines Latinoamericano con las molestias de Carlos Lavor y Nao da Mais

Altair Domingos es un tipo rudo, curtido, pero todavía está conmovido. Pocos quieren tenerlo al lado en un final áspero; preferible lejos, pues se le reconoce su garra y su decisión para la pelea, para ganar, para defender la plata de los propios con todas las armas que la “legalidad deportiva” le permita utilizar. Sin embargo, vive una semana rara, que lo golpeó, que lo tiene todavía recuperándose de una carrera en la que la impotencia se mezcló con la frustración.

El Longines Gran Premio Latinoamericano (G1) del sábado último en el Hipódromo de San Isidro dejó una herida abierta en el jockey que nació aquí pero que se desarrolló profesionalmente en Brasil, y que, como él mismo dice, tardará bastante en sanar.

“Todavía no entiendo qué paso ni porqué pasó” dice, en referencia a la molestia antideportiva que recibió por parte de su colega y compatriota Carlos Lavor en las riendas de Nao da Mais (T.H. Approval) mientras él comandaba la ilusión en la silla de Imperador (Treasure Beach), entre las principales cartas locales y de la prueba.

“Lavor es un jockey grande, experimentado, que sabe perfectamente lo que hace. Lo del otro día fue un papelón inexplicable y a esta altura estoy casi seguro que lo mandaron a hacer lo que hizo”, agrega Nico, en su casa desde el lunes, cuando se guardó un poco por un resfrío menor y otro tanto por las propias restricciones que la coyuntura aporta.

“Es una bronca enorme lo que pasó. El caballo llegaba muy bien al Latino y con muchísimas posibilidades. No se si ganaba, pero definíamos seguro de no haber actuado Lavor como actuó; incluso su caballo también hubiera estado prendido, eso es lo más llamativo. No es sólo por mí el enojo, sino por todo el equipo que está detrás, que hace mucho también”, relata, con voz tranquila.

-¿Cómo fue el momento?

-Increíble, eso fue. Le grité desesperado que fuera para adentro, pero nunca me hizo caso, Al contrario, cada vez me llevaba más afuera; me metía el codo, chistaba. Una verdadera locura. 

-¿Había algún enojo previo entre ambos o alguna vieja pelea que pudiera tener como “venganza” una situación así?

-Nada, nunca jamás tuvimos un problema. Al contrario, es un jockey muy bueno, al que siempre admiré, por eso pienso que la idea no nació de él. Estuve esperando que me llamara, que se comunicara, que me pidiera disculpas, pero nada; tiene mi número, pero nada. Después del momento, cuando bajan las revoluciones, uno puede recapacitar y reconocer el error, pero en su caso eso, al menos hasta ahora, no pasó.

-¿En el cuarto de jockeys hubo alguna recriminación, pudiste hablar con él?

-Pesó y se fue corriendo casi para los vestuarios, no me lo crucé en ese momento, Cuando llegué al cuarto lo querían matar, hacían cola para pegarle. Pero, al contrario, intercedí yo para que no pasara a mayores. Me aguanté, temblaba y transpiraba como un loco de los nervios, pero era mejor para todos si allí no pasaba nada. Entré, tiré todo y después de pararle el carro a todos, que tenían sobradas razones para pedirle explicaciones, me fui a bañar para no enojarme yo y terminar en un mal momento. 

El descargo lo ayuda a Altair para sacarse bronca de encima. “Era una linda chance, de esas que no se dan todos los días. Un tipo grande…”, vocifera, volviendo sobre el episodio del que habló todo el turf sudamericano y que aún no tuvo castigo para Lavor, pues “apenas” fue suspendido provisionalmente por la comisión de carreras de San Isidro a la espera de su descargo.

Agradece el llamado y la posibilidad de ofrecer su versión de los hechos, saluda y anticipa que el sábado próximo es su idea para empezar a montar nuevamente, siempre que el corte por el brote de coronavirus y la cuarentena obligatoria se lo permiten. 

Se lo nota dolido, con ese gusto amargo de la oportunidad perdida y no justamente por un bajo rendimiento propio, sino por el mal proceder de un colega. Es el dato que peor lo pone.

Diego H. Mitagstein