Después de casi 40 años de carrera, el ídolo se retiró este martes en el Hipódromo de La Plata; su lugar en la historia, está asegurado

LA PLATA.- Un tinte  nostálgico tuvo la jornada del martes en el Bosque. Una parte grande de su historia quedó atrás con el retiro de Antonio Rivero, una referencia entre los jockeys locales por los últimos 40 años, un hombre que con trabajo, respeto y calidad forjó un campañón que lo llevó a ganar estadísticas y grandes premios pero que, por sobre todas las cosas, encontró su triunfo más preciado en el cariño de la gente.

Su trayectoria estuvo plagada de grandes momentos pero, vaya paradoja, él pareciera estar disfrutando todavía más este momento en el que, si cruzar tanto el disco adelante, desempeña la función que lo mantendrá vinculado con la hípica de acá para adelante: la de enseñar a los futuros jinetes en la escuela de los eucaliptos.

El final no fue el de un cuento de hadas, con Rivero imponiéndose en su última carrera; fue cuarto con Pegasus Island (Lizard Island), lo otro hubiera sido demasiado perfecto. Faltó el calor del público, por supuesto, que admiró el momento desde lejos, pero los tiempos de pandemia son así, injustos. Seguramente habrá tiempo más adelante para rendirle el tributo que se merece, menos solemne que el ofrecido ayer por La Plata.

Con 55 años, Antonio Fabián Rivero colgó la fusta en su amado Bosque, cerró una etapa para continuar con otra que hace un tiempo ya lo apasiona; también estará a la par de su hermano Ubaldo, con el que seguirá en el stud en la preparación de algunos ejemplares.

El jockey que por su altura inusual para la profesión hizo enormes sacrificios durante toda su campaña para dar el peso, que peleó mano a mano con generaciones de colegas, que compitió en igualdad de condiciones con los mejores de los últimos años y que jamás quiso abandonar su “casa” en el Hipódromo de La Plata, dejó lo terrenal para pasar a ser leyenda.

En la continuidad de la historia los grandes del pasado le van dejando lugar a los más jóvenes, aunque el turf vaya perdiendo sus máximos ídolos. Como Pablo Falero en cualquier cancha, Rivero fue crack en los eucaliptos, nada raro en un hipódromo en donde no es nada difícil transformarse en “localista”, en donde hacer fuerza por los caballos y por los profesionales propios, corran donde corran, es casi una obligación.

Junto a su madre, Antonio Fabián Rivero vivió este martes por última vez la emoción de competir, de calzarse las botas y los breeches, tomar el casco y la fusta y dejar que la adrenalina invada el cuerpo. Se retiró un hombre íntegro, un jockey exquisito que ya tiene su lugar en la historia asegurado.

Diego H. Mitagstein