El turf se muestra como una actividad de “bajo riesgo” por sus condiciones naturales; el trato del y con el Estado será vital en el trabajo que se viene para no quedar “cajoneados”

La salud está primero. Y a esta altura del partido, es algo que el mundo tiene claro, que nadie niega y que todos valoran. La Argentina es parte de ese mundo y en el camino por cuidar a sus habitantes de la pandemia del Covid-19 se ha decidido por un cierre casi absoluto. Pero, como si se tratara de una “fija mundial”, con el correr del confinamiento los problemas económicos empezaron a surgir a borbotones.

En un país ya virtualmente fundido desde antes de la llegada del “virus chino”, las restricciones sólo trajeron mayor contracción, cierre de empresas y pérdidas de empleos. Entre tantas industrias aquejadas por el tema está, por supuesto, la hípica, cuyos integrantes sufren el parate de la mano de un miedo imponente sobre qué puede depararles el destino.

Aquí todos están complicados: los que invierten y los que dependen de los que invierten, vía los 80.000 trabajos que se generan directa o indirectamente y sólo dentro del territorio de la provincia de Buenos Aires… La única salida para el turf de este intríngulis inesperado, desolador e implacable es el regreso de las carreras, que serán la locomotora que tire del tren de reactivación para el sector, generando entradas y, por sobre todas las cosas, esperanza.

Bien. Estamos ya cerca de los dos meses de tribunas vacías, chaquetillas colgadas en sus perchas y gateras en un galpón, y la soga empieza a llegar al cuello. No es algo que sea única propiedad nuestro: el planeta turf atravesó o atraviesa por la misma circunstancia. En muchos lugares ya hubo regresos y reaperturas; en otros se va camino con las ayudas de los estados, entendiendo la problemática y las necesidades. Aquí, por ahora, no hay ni señales de nada y el aire va siendo cada vez más escaso.

Decíamos al principio que lo primero es la salud, es cierto y, a la vez, el gran punto de discusión a estas alturas. Que se sepa, en ninguna pista de carreras activa se ha presentado un caso de Covid-19, simplemente porque se siguen protocolos cerrados y por las propias características de la actividad, a la que podríamos considerar de “bajo riesgo”.

Hay otro dato a tener en cuenta: se permite el trabajo en las Villas Hípicas, con un mayor tránsito de caballos y de personas con respecto a lo que habría en un día de carreras. Y en ese día de carreras hay muchos temas solucionados: los trabajadores suelen vivir en los studs, los profesionales moverse en sus propios autos y se utilizaría por parte de los hipódromos la mínima dotación posible.

Ciertamente, hay muchas más probabilidades de contagiarse Coronavirus en un Supermercado que en un hipódromo corriendo a puertas cerradas. Puras matemáticas. Y aquí queríamos llegar: ¿cuál es el impedimento para que las autoridades de las loterías analicen los protocolos presentados y empiecen a trabajar en una reapertura paulatina de nuestras pistas?

En esa salida gradual de la cuarentena que se está planteando a nivel general podría estar el turf sin ningún tipo de problemas y con evidentes razones para prestarle atención; pero parece que no está ni en el radar. La demora en el análisis de la situación nuestra sólo puede enmarcarse en el terreno de esa clásica subestimación de la que históricamente somos víctimas, con el cuentito del “jueguito de los ricos”. La industria está preocupada por sus trabajadores y también por sus motores. Si se caen unos, se caen los otros. Y, si se caen, quedarán 80.000 personas boyando sin brújula en el medio del océano.

Vale la pena aclarar sobre el final que no se plantea armar una reunión en dos semanas en San Isidro o en Palermo, sino empezar a trabajar para después del pico con datos contundentes como los expuestos aquí y así poder empezar a torcerle el brazo a la miseria.

Si la cuestión es la salud, el turf ya tiene su plan listo para afrontar lo que viene y las respectivas Loterías ya lo recibieron. Quedará por resolver luego el tema del financiamiento, de los premios, del juego, también importantes, pero ninguno de ellos en este momento por encima de las vidas. Portegiéndolas al máximo, el turf quiere correr. No pide locuras, sino hacer las cosas bien. Pero primero debe ser tratado con el respeto y el valor que merece.

Diego H. Mitagstein