Desde el 1 de mayo los jockeys tienen un límite en la utilización de la herramienta, que muchos no cumplen ante la pasividad de las autoridades, que no sancionan

Por Diego H. Mitagstein

A más de dos meses de la implementación de límites en el uso de la fusta que se estableció en el Hipódromo Argentino de Palermo la pregunta es: ¿para qué se implementó si después no se iba a cumplir y desde el propio circo porteño ignoran las violaciones a la norma?

La enorme mayoría estuvo de acuerdo cuando desde Avenida del Libertador y Dorrego se decidió dar un paso gigante hacia adelante en la armonización de las reglas y ponerse a tono con lo que desde hace tiempo ya viene sucediendo a nivel mundial. Lo que nadie preveía era que el propio impulsor después ignorara las cada vez más frecuentes faltas cometidas por los jinetes.

En los últimos días se observaron varias fallas, ya sea superando el límite establecido, pegando a poco de largar o utilizando la herramienta en ocasiones reiteradas sin esperar por la reacción del caballo de turno. Sin embargo, en los partes de sanciones publicados por la comisión de carreras de Palermo no hay sanciones al respecto, ni siquiera apercibimientos.

¿Se controla? Y si se controla, ¿se ignoran todas estas faltas? Es ridículo tener una regla y no cumplirla. Inicialmente, porque es un papelón haberlo implementado para después pasarlo por alto. Y, también, porque hay profesionales que sí se enmarcan dentro de lo que exige la situación y quedan en gran desventaja ante esos otros que no lo hacen.

Hace unos días, en un clásico para productos que se definió cabeza a cabeza, uno de los jockeys superó el límite permitido de fustazos y además castigó de forma reiterada; su colega no lo hizo y, por fortuna, terminó ganando, por poco. 

El hecho no fue menor, pero más grave fue que los comisarios lo hayan advertido y no tomaran medidas. “Si suspendemos nos quedamos sin jockeys”, dijo alguien en esa reunión. Poco para agregar al respecto. Es más, sobre el clásico mencionado, se murmuró: “Bueno, era un final cerrado, es lógico”. Demasiado.

Más allá de lo que ocurre en Palermo, lo otro que roza lo inexplicable es que ni San Isidro ni La Plata se hayan sumado al tema aplicando el mismo reglamento, mucho más cuando los dirigentes hablan y hablan sobre el bienestar animal. Es más, en su momento, San Isidro evaluó poner un límite de 15 fustazos, una barbaridad, cuando en el mundo se permiten entre 6 y 7; todo quedó después en stand by.

Enhorabuena se implementó un reglamento para limitar el uso de la fusta. Lástima que no se aplique.