Mientras disfruta de su adorable hija, la jockey más ganadora en la historia del turf argentino renovó su patente como jockey y no descarta volver a correr en el corto plazo

Por Diego H. Mitagstein

Lucrecia Carabajal la tiene clarísima: “Yo fui, soy y seré jockey. Uno se hace cuidador cuando llega el momento para seguir vinculado a la actividad, a los caballos, para sentirse adentro. Pero yo siempre me voy a sentir jockey”. Ya hace 3 años y medio que corrió su última carrera, que cambió su amor por la profesión por Nina, su pequeña hija, “un personaje”, según ella misma la define.

Hace unos pocos días el Hipódromo de San Isidro le renovó su patente como jinete, y el detalle disparó la inquietud del cronista. 

-¿Volvés a correr?

-La verdad es que desde que me retiré nunca tuve tantas ganas como ahora de volver a competir, pero tengo claro que no quiero hacerlo con presiones. En principio, sólo puedo correr a los caballos que preparo yo, y tengo poquitos. Así que un día de estos, quién dice…

Lucrecia parece lista para salir de su retiro, aunque sea, para darse el gusto, para alimentar al bichito que volvió a picarle fuerte, aunque su “nuevo formato” no será al ciento por ciento, por más que ella reconoce que nunca puede hacer algo a medias, que siempre tiene que estar al ciento por ciento. 

“La verdad es que cuesta no correr, y a medida que Nina me empieza a liberar me va tentando cada vez más. Me retiré ganando y tampoco quiero volver por volver. Pero hace unas semanas me pasó de quedarme sin monta en la última carrera de La Plata y decirle a la gente de carreras que la pusieran conmigo. Pero, no se si por suerte o por desgracia, no tenía la patente vigente como ahora y no pudo ser”, confiesa Lucre sobre el cuasi blooper.

De visita en Mar del Plata, donde su hermana está por dar a luz, Carabajal cuenta: “Tengo 3 caballos en entrenamiento y de 3 patrones distintos. Los monto y los atiendo, pero los cuidadores son masoquistas, la mala sangre que te hacés es inexplicable. Tenés un potrillo, lo vareás y le duelen las cañas; lo llevás a la pileta y le duele la paleta; la verdad, es para sufrir. Era más fácil antes que me bajaba, le decía al entrenador lo que me parecía que había que corregir y me subía a otro caballo”, reconoce entre risas y con sinceridad absoluta.

Está claro que su vida cambió con la llegada de Nina. “Ella tiene el 1 de largada para mí. Me llenó. Es como esos caballos buenos, se cuida sola. Desde muy chiquita la llevo al stud conmigo, y ahora con el tema de la pandemia y la imposibilidad de ir al jardín maternal vino casi todos los días. En la oficina le instalamos una camita, una cámara y mientras yo trabajo afuera ella duerme, hasta que se levanta, claro, que empieza a llorar. Pero después le ponés la tele, unos dibus y se queda tranquila. La conocen todos en el hipódromo”, relata, babero de por medio.

El tema de volver a correr vuelve a estar sobre la mesa y la hija del recordado médico veterinario Carlos Carabajal explica: “Muchos me dicen que vuelva. En la última parte de mi carrera me hice muy amiga de Isidoro San Millán, y cada vez que me ve me pide que le corra. ‘Nena, vos mirá el programa, elegí un caballo mío y yo te lo doy’, me dice. Está esperando desesperado la noticia, pero por ahora no podrá ser. No volvería nunca al ritmo de antes. Por suerte el físico me ayuda, porque soy liviana, además de que me sigo cuidando como antes. No como harinas, no tomo gaseosas, ni me peso, pero debo andar en 54 kilos; al menos, me entran los mismos pantalones de siempre”, bromea. “Mantengo mis rutinas y además de montar juego al fútbol dos veces por semana y voy cuando Nina me deja al gimnasio de la Gremial, como hice siempre”.

Es imposible que Nina no aparezca en la charla, mamá la adora, aunque rezonga que desde que nació un 21 de marzo, el mismo día que ella, ya no tiene más cumpleaños. “No me dan bola ahora a mí, todos los regalos son para ellas”, dice y sonríe.

Lucrecia Carabajal disfruta de sus días en familia, de Nina y de su relación eterna con los caballos, y deja la puerta abierta para volver a empuñar la fusta en cualquier momento: “No se si será ahora, más adelante, el año que viene… Pero sí tengo más ganas que nunca desde que dejé”, refuerza. Su bravura y su sonrisa pícara claramente todavía no han escrito su última página en un hipódromo.