El jockey chileno Tenía 91 años y vivía en New York; a fines de la década del 50’ introdujo el filete  en nuestro país; exquisito, competitivo, fue una de las más grandes figuras de la hípica sudamericana

Hay personalidades que cambian la historia, para bien o para mal. Que nacieron para marcar época, para dejar una huella indeleble en su actividad, en su vida, que exribieron la hoja de ruta que indicó el camino hacia el futuro, nuestro presente, en muchos casos. En los deportes siempre existieron esos diferentes, los fenómenos parte de la revolución.

Si de turf se habla, el nombre de Eduardo Jara encaja perfectamente dentro de esos parámetros, siendo un jockey único, fenomenal, crack, que no sólo sobresalió por sus triunfos fenomenales, sino también por haber establecido un mojón para la hípica moderna siendo el pionero en el uso del filete en nuestro país, a finales de 1959.

Jara murió ayer a los 91 años en la ciudad de New York, en los Estados Unidos, donde residía, y la noticia golpeó a la comunidad burrera sudamericana, pues su talento pasó también por Chile y por Venezuela, con la misma pasión y categoría que mostraría aquí, tranformándose en referencia entre las fustas en un tiempo donde los “nenes” sí que eran ídolos.

Eduardo Jara, chileno, nació en una familia de jockeys el 7 de julio de 1930, es decir un típico canceriano de segundo decanato, que comenzó como aprendiz, en Viña del Mar, para luego graduarse en el Club Hípico y el Hipódromo Chile, en la capital del país trasandino. No estuvo mucho tiempo allí, porque su signo era buscar nuevos horizontes. Puede decirse que sólo usó su tiempo en Santiago para graduarse de profesional.

Los petrodólares llevaron a Jara a Venezuela, como a tantos sureños por esos años, entre ellos nada menos que nuestros Angel Penna y Alfonso Salvati, y hasta al vasco Juan Carlos Etchechoury, el papá de los chicos Carly, Dany y Javier, aunque en su caso no fue a Caracas sino a Maracaibo, lugar de hermosas mujeres, tal vez para salir de la órbita severa de su padre, el recordado don Juan, o sencillamente para demorar la conscripción. Jara fue a Caracas a correrle a gente importante, en el hipódromo anterior a La Rinconada, en tiempos del dictador Marcos Pérez Jiménez, el mismo que supo darle asilo al general argentino Juan Domingo Perón despues de septiembre de 1955. Hacia 1958 comenzó a cambiar el clima político venezolano, porque toda dictadura concluye, es sabido, y entonces cada uno de los forasteros en aquella tierra comenzó a buscar nuevos rumbos.

Destino impensado

Jara, para recargar baterias en la base regresó a Chile. Estaba a la búsqueda de su nuevo lugar en la tierra y el destino quiso que recalara en Buenos Aires, donde de inmediato contó con un apoyo que sería vital en ese primer tiempo entre nosotros: el de los hermanos Fernando y José Eduardo Santamarina, y de su cuidador de aquellos años finales de 1950: el exquisito José Fregonese, uno de los entrenadores más importantes que tuvo la Argentina hípica del Siglo XX, especialista como pocos en entrenar a los dos años, lo que por ahora cuando se valoriza tanto ese tiempo de competencia en los SPC hubiera estado entre los más buscados.

El comienzo de Jara en Argentina fue como para… pegar la vuelta. Corría a un favorito, era en Palermo, sobre una distancia larga, venía en punta ya en la recta, fácil y cómodo, cuando el caballo se quebró y lo tiró. Detrás cayó Irineo Leguisamo. Se conocieron, los dos jinetes que juntos adquirieron gran parte de la celebridad como jockeys en el Siglo XX, en el sanatorio del hipódromo de Palermo, a donde fueron a parar tras las caídas, sin consecuencias severas para ninguno. Alguna vez Jara recordó un diálogo risueño y pícaro con El Pulpo, de esa internación, como que la próxima vez tratara de caerse solo, sin su compañía.

Uno de los mejores 

Aquello que para otro pudo ser el comienzo del fin, para Eduardo Jara fue el inicio del tiempo profesional como jockey más relumbrante de su extensa trayectoria. Jara, ya queda dicho, fue uno de los mejores jockeys que han corrido en el turf argentino en la segunda parte del Siglo XX. 

Podría uno ponerse a enumerar todo lo que ganó, y sería tedioso, porque nada quedó a fuera de su alcance. Hizo binomios memorables, como ese que integró con Fregonese, en tiempos de los stud Las Hormigas -de los hermanos Santamarina, propietarios del haras Maryland-, Sancti Spiritu -de los hermanos Sastre, los dueños del haras Las Niñas-, Los Pingos, de Jorge Tavares, y luego aquellos años de sociedad profesional con Sergio Lema, con aquellas gloriosas tardes de Practicante y sus hijos con los colores de El Turf, de Carlos y Julio Menditeguy. Y también la recordada colaboración con Juan Carlos Etchechoury y don Luis Ferro, además de tantos otros.

Jara no dejó nada por ganar, hasta un campenato internacional en Sudáfrica, cuando el país africano comenzaba a emerger en el mundo hípico internacional.

El título máximo

Pero Eduardo, Otto, para quienes tenían alguna cercanía con la caballeriza de Fregonese, subió mucho más alto en su profesión que la cima habitual para los jockeys muy ganadores, con suma de clásicos y estadísticas. Consiguió, seguro que sin quererlo ni proponérselo, el título máximo en toda profesión o actividad: el de maestro. La historia le tenía reservado la condición de maestro de la escuela del filete argentino, ajena a todas las conocidas, reconocidas y valiosas de Chile, Panamá, Puerto Rico, Venezuela y Colombia.

Jara acomodó el filete a su modo y necesidad de correr, porque siempre tuvo problemas con el peso y en eso la Argentina lo favoreció por aquello de correr las condicionales de 56 kilos, pues en el mundo los pesos medios son más bajos, rondando los 53.

De cuando vino, bajó un poco el alto de los estribos -los traía muy arriba-, colocó la monturaalgo más atrás, no tan encima de la cruz, creó apoyos diferentes para sus rodillas, se acomodó al uso de espolines -que por entonces aquí se permitían-, con el talón debajo de la línea del mandil, y ahí se apoltronó. 

La ovación de los pares

Hay que escucharlo hablar al Gato Mansilla de Eduardo Jara. Si usted es amigo del Gato hágalo hablar un día de Jara. Y verá lo que es la admiración de un par. Sin olvidar lo competitivo y complejo que era lidiar con el chileno en el día a día, porque tenía sus cosas, y en el seno de las carreras, al Gato le brillarán los ojos y se le atropellarán las anécdotas.

Va una: “La mejor carrera que le vi ganar a Jara fue un clásico San Martín, en Palermo, él con El Azar y Valdivieso con Bleding. El rubio pasa con Bleding y lo toco a El Azar. Jara se recompone y el Rubio a todo esto ya había mandado. Jara no hace espamento, lo pone a El Azar y atropella. Cuando a 70 metros del disco supo que ganaba, no miró más el disco, agachó la cabeza, puso el látigo en la oreja a El Azar y esperó.

“Lo tengo presente hoy, porque debe ser la carrera que más narré en mi vida y porque lo fuimos a aplaudir con el Puma Sarati en la redonda, donde había ya otros jockeys recibiéndolo y felicitándolo. Desensilló, se puso la montura bajo el brazo cual diario, y cuando pasó al lado nuestro nos dijo ‘este muchacho se aguantará el rebote’. No estaba disfrutando el triunfo, estaba pensando en la próxima”.

Va otra: “Ovidio Bazán, mi tío, con quién yo trabajaba, tenía a Sidereo en el Honor y le da pasada con Jara y yo le salgo en la última milla con otro caballo. Sidereo terminó bárbaro y cuando veníamos parando me dice: “caballero, vaya sacando tickets”, porque a los boletos le llamaba tickets. Sidereo ganó con él esa Copa de Oro”.

Hoy, en cualquier carrera de nuestro país puede verse a discípulos y sucesores de Eduardo Jara. Quizás ni ellos mismos se reconozcan como tales, pero para quién vivió los últimos 70 años del turf nacional es fácil reconocerlos. Porque ellos, los nuevos, los jóevenes, adoptaron un estilo que les llegó seguro de algún intermediario al que vieron e imitaron al correr.

Esos moldelos que tuvieron los jóvenes de hoy y hasta sus maestros, se nutrieron de verlo correr a Jara, de su forma de apilarse, tomar las riendas, pegar, moverse en el sillín del chileno. Jorge Valdivieso es uno de ellos, hecho jockey en tiempos de Jara y guía apropiado de toda la camada nueva y no tan nueva. También Miguel Sarati, Rubén Emilio Laitán -el jockey clásico por antonamasia-, Hugo Costantino, Jorge Bretón, Omar Labanca, Oscar Mansilla y hasta los freneros a los que hizo cambiar por el filete, como el añorado Alberto Plá, El Bachiller.

Todos ellos, y muchos más, eran chiquilines que soñaban con la postura de Jara, como el cacatúa del tango con la pinta de Carlos Gardel. El Gato Mansilla recuerda sus tardes sobre los fardos de pasto, en el stud de su tío Ovidio Bazán, pensando en rematar una carrera con la prestancia de Jara, con la fusta pegada a cuerpo, guardada.

El final del freno

Jara fue quién firmó el certificado de defunción del freno como herramienta de manejo del caballo de carrera en esta ribera occidental del Río de la Plata e impuso el filete, al que adherían otros jinetes extranjeros de la época, como Justo Torres, Juan Camoretti, Adolfo Sánchez, Pancho Irigoyen, Laffit Pincay -el papá del jockey campeón en los Estados Unidos-, Omar Chamorro, Carlos Cruz, Henry Bouley, Raúl Bustamante, la mayoría venidos desde Venezuela tras los pasos de Jara. 

Antes, varios fileteros habían tratado de imponer su herramiento entre nosotros sin éxito, desde el inglés David Englander, a principios de siglo, y luego Zúñiga, Ortíz Tapa y Araya, éste el abuelo materno de Jorge Sandro Caro, a quién su mamá le puso tal nombre por admiración al Gitano que hace apenas horas se fue de gira.

Usar las dos manos

Eduardo alguna vez explicó su relación con el filete y lo que encontró aquí, cuando llegó: “Venía de una hípica diferente como la chilena y la misma venezolana, estaba acostumbrado a correr con filete y a sostener las riendas con las dos manos, y en ese momento en Argentina se corría con freno, lo que hacia que los jinetes utilizaran tan solo una mano en plena competencia. Creo que conseguí demostrar que con el filete el desgaste del caballo era menor y disminuían los esfuerzos del tren posterior”.

Jara consideraba que el filete concedía mayor sensibilidad a las manos del jockey, a la vez que le permitía tener un manejo más directo y rápido, lo que posibilitaba cambiar el rumbo sin esfuerzo, con el uso de las cuatro patas, “lo que facilita el cambio de riendas y al cruzarlas obliga al cambio de ritmo, de mano y a levantar la cabeza, con lo que el caballo adquiere más velodidad”.

Esto que narró Jara fue ya en la etapa asentada de sus 35 años aquí. En los comienzos, la verdad, se lo vió correr con filete al estilo de con freno, es decir las riendas en una mano, método con el que tampoco le fue del todo mal. Jara fue un fenómeno en su relación con la prensa. Seguro que abrió un nuevo modo de relacionarse con el periodista, que hasta antes de Arriba, con Pancho Lococo y Derli Gómez, en un triunfo de Pulinés; abajo, con André de Ganay y recogiendo las pilchas tras uno de sus miles de triunfos en San Isidro él sufría una comunicación con los jinetes que no reconocía casi diálogo alguno.

Cuando el cronista comenzaba con una consulta, recibía una respuesta que lo dejaba en Pampa y la vía: “A usted qué le parece”. A mí no me parece nada, tuvo uno más de una vez ganas de responder en esa circunstancia. Eran las leyes de juego de entonces, en tiempos en lo que los jockeys eran poco menos que inalcanzable y que su osquedad, tal vez, protegía del asedio una deficiencia cultural concreta. Se interpretaba que esa charla entre cronista y jinete era una competencia más, en la que estaba en juego la sabiduría de ambos, más que el complemento para lograr una información que el público esperaba. Esa charla debía tener siempre un ganador, la mayor de las veces el jockey. 

Jara y la prensa

Jara creó el paraíso del cronista. Se prendía en todas las propuestas, buscaba darle sostén a todas las visiones y no paraba de dar motivos y razones. Nunca, ningún cronista se fue defraudado de una charla con Jara. Siempre se salía con tema para una nota, lo que para los principiantes, inexpertos aún y quizás todavía en el arte de preguntar, era una dicha. 

Volver a la redacción y decirle al jefe que se tenía una buena nota con Jara era muy tranquilizador. Anécdota personal de un viejo cronista: previa de un Nacional, que puede ser alguno de los ganados para El Turf, u otro gran premio. El cronista ingresa en el cuarto de jockeys de Palermo, allí donde detrás de la primera sala de vestuario estaba la televisión -en esa época no se daban los desarrollos por televisión, lo que vino con la reapertura de San Isidroy la sala de descanso.

Jara, cual pequeño era, estaba desparramado en una de las amplias reposeras que había en el lugar, botella de agua en mano, toalla al cuerpo, en ojotas, en silencio, ensimismado. Tal vez estaba dormitando. Pero al cronista se le ocurrió que estaba en un proceso de concentración, al igual que tantos deportistas antes del esfuerzo, antes del gran momento, los pilotos de F1, entre ellos.

Eduardo -dijo el cronista-, concentrado antes de la carrera como en la F1. El jockey quizá se despertó, sacudió la cabeza, repasó lo escuchado y entró en un monólogo explicativo luego del cual entre él y Lole Reutemann, en lo previo de las competencias, no había diferencia alguna. “Jara sostiene que el jockey es como un piloto de F1” fue el título de la nota, si la memoria no falla.

Jara dejó muchas enseñanzas; una, el que vale es el primer fustazo, el segundo vale menos y el tercero, nada. El, por eso, pegaba de a pares: uno, uno, pausa; uno, uno, pausa.

El comienzo del fin

Treinta años después el día a día de Eduardo Jara se hizo muy exigente, por el físico y la competencia, con jóvenes jinetes que cada vez hacían más fuerza y eran más atrevidos. Medió también un accidente, en el que se quebró un tobillo, en un error justo de una de las figuras nuevas. Comenzó a dejar de correr, o correr espaciado. Llegó a ser maestro de la escuela de aprendices, pero no tenía la menor capacidad pedagógica, distinto de Alejandro Lhuillier, un excepcional profesor de aprendices en ese tiempo, junto con Araya. Jara había enseñado toda su vida desde arriba de la montura, en la cancha, en las carreras, con el modelo, sin indicaciones, y el magisterio nunca le sentó.

Tampoco le gustaba entrenar caballos de carrera. Fue un tiempo de indecisiones, justo en él, tan decidido en todo, a veces temerario. También el  temor había hecho lo suyo en el espíritu de Jara, luego de varias caídas. Sobrevino después un episodio que lo impulsó a irse. Sufrió una estafa como muchos hombres de la hípica, que le esfumó gran parte de sus ahorros. Entonces Angélica, su segunda mujer y el sostén en la vida desde sus últimos tiempos en Caracas y desde su llegada a Buenos Aires, empujó para irse. Vendió todo y se fue a los Estados Unidos. Corrió y ganó, poco, en California y Nueva York. En la Gran Manzana trabajó como caminador de Angel “Bocha” Penna primero, y luego de Bill Mott, con éste casi una década. .

Siempre junto a Angélica y muy repleto de recuerdos, de gente, victorias y caballos. Siempre muy hablador, dicharachero casi. El hipódromo de San Isidro le ha puesto el nombre de Eduardo Jara a uno de sus clásicos y el recuerdo tiene un amplísimo respaldo, porque el chileno fue un ídolo en una época en la que había muchos en el turf argentino y también fue un maestro para varias generaciones de jockeys argentinos.

Dejó esa huella que todavía se advierte en las carreras del día en cualquier hipódromo nacional y eso sólo lo concretan los elegidos, los impares.