El criador tenía 85 años y estaba complicado de salud; continuó el legado familiar en su Haras Las Origas y ahora es leyenda

Por Diego H. Mitagstein

Cuando el jueves se terminaba se fue un pedazo enorme del turf argentino. Falleció Ignacio Correas, el Bebe, Nacho; el amigo, el padre, el criador, el tipo irrepetible. El de las anécdotas a montones y la sonrisa siempre a mano. El de la pasión inclaudicable por el caballo de carrera y por las carreras; el que fue dirigente, propietario y enseñó a muchos. El que guardó como distintivo la clase hasta su último día, el de los códigos. El que todos querían.

Se fue el hombre de las charlas interminables, disfrutables de principio a fin. El que hizo historia y fue historia. El que ayudó desde su Haras Las Ortigas, continuando el legado familiar, a construir gran parte de las bases de la hípica nacional; que lo puso todo para hacerla más grande; hasta lo que no tenía, o no debía. El que disfrutó de Yatasto, de Arturo A. y también a Campero. El padrillo que dio bárbaro con Ignacio, Ricardo y el entreñable Félix, con el que ya se habrá estrechado en un abrazo gigante.El socio de siempre de Héctor del Piano, el que nadie, pero nadie que lo haya conocido olvidará jamás.

Andaba complicado de salud el Bebe, y esta vez no pudo ganar la carrera. Vivió la vida al máximo, la aprovechó, le sacó astillas, como alguien dijo cuando se enteró de que la mala noticia andaba rondando. El tercero de los Ignacios, como también se llamaban su padre y su abuelo.

Solía recordar que Las Ortigas es el único haras que crió ganadores del Nacional en 3 siglos distintos (Amiando en el XIX, Pretencioso en el XX y Tapatío en el XXI), o contar sin arrepentimientos que entre Mr. Prospector y Lefty eligió a Lefty, porque no podía traicionar jamás su gusto por los caballos lindos (“Sin cierta vanidad no podés ser criador”, dijo alguna vez…).

“Ustedes vayan a la redonda de un gran premio y miren los caballos: difícil encuentren uno feo. Vayan a la redonda de una perdedores de 5 años y les va a pasar lo contrario”, decía entre sonrisas al respecto de lo anterior en alguna charla de hace años organizada por la Asociación de Periodistas de Turf de Buenos Aires en la Manzana de las Luces. De esas tenía miles el Bebe… Todas.

A Ignacio nunca le alcanzó con ver triunfar sus caballos en el país, y cada vez que pudo encaró el mundo de frente. Se llevó a Campero a Europa y ganó el Gran Premio de Italia (G1), en Roma, ¡por 16 cuerpos!, en una foto inolvidable y pasando el aviso de que Omar Shariff, el actor, su amigo, el que tenía de socio en el Stud Sharco, había destrozado a los bookmakers.

Ignacio Correas cultivó amistades en todo el mundo, y en todo el mundo siempre se lo respetó al máximo. Viajó mucho, todo lo que pudo, y últimamente no se perdió oportunidad de visitar en los Estados Unidos a Ignacio (h.), con el que pudo disfrutar grandes momentos.

Cuando tuvo una mala racha, le puso el pecho al momento y bancó a muerte su pasión por el turf y por Las Ortigas, y cuando se acomodaba apostada de nuevo fuerte a los caballos, a la cría y al haras; sencillamente, a lo que más le gustaba en la vida.

Alguna vez dijo que fue un “cuidador frustrado”, elogiando de paso a Juan Lapistoy y a Julio Penna, y también destacando que nunca vio a nadie variar tan bien como a José Irazusta, incluso mejor que Charlie Whittingham o Maurice Zilber, tros de sus amigos del turf.

Ignacio Bebe Correas era un personaje único del turf, irrepetible. No habrá persona en el planeta que no guarde un recuerdo inolvidable con él, una anécdota, un momento, una sonrisa, un caballo. Tenía 85 años y vivió cada uno de ellos al máximo, disfrutándolos.

Cuesta escribir estas líneas y despedir a un hombre fenomenal, un maestro, un turfman con todas las letras, pero, por sobre todas las cosas, un señor, “del turf y de la vida”, como algún viejo colega alguna vez lo bautizó. Se lo va a extrañar Bebe, mucho, muchísimo. El turf argentino, sudamericano y del mundo perdió un amigo que ahora le da paso a la leyenda…