Referente de la hípica argentina por varias décadas, tenía 87 años; sus hijos Juan C. (h.), Carlos Daniel y Juan Javier lo suceden en la pasión por entrenar SPC

No importaban tanto los pilotos… Uno se podía encontrar con Jara, el Topo, el ceño tantas veces triste de Carlitos Pezoa, o el callado Jorgito Palacios… Le corrieron todos, grandes y no tan grandes, pero ellos ayudaban a decorar, a poner el broche final para otra foto de alguno de los pingos que cuidaba uno de los entrenadores más grandes de toda la historia del turf argentino. Los muchachos del escolaso le dicen ‘la desgracia’ al 17, y este lunes 17 de pandemia y tristeza general, nos llegó la noticia de la muerte de Juan Carlos Etchechoury, Pochi… 

Tenía 87 años y muchos de quienes son sub/40 se asustarán al leer apurados preguntando por Carly, el primero del lujoso legado que dejó cuando se “retiró”, aunque en realidad no lo hizo nunca. Innumerables fotos de las que se vieron con sus hijos llevaron los sabios consejos de Pochi en el día a día puertas adentro… Hablar de la larga lista de caballos buenos que cuidó es limitarse a un repaso estadístico que no hace honor a su grandeza, porque el dolor de perder a Juan Carlos Etchechoury va más allá de recordar esas hazañas acá o en Brasil, su muerte significa cerrar tal vez la última puerta que ligaba al turf actual con el de aquellos años de tribunas repletas y gente respirando hípica en cada conversación de bar que se precie. Años en los que un favorito que corría mal encendía un debate y había hasta que dar explicaciones. ¿Pillerías? Había, por supuesto, pero había que saber hacerlas.

Pochi lidió con colosos cuyas leyendas ya se limitan a quienes pasaron los 50/60, nombres como Julio Félix Penna, la saga Lapistoy/Lema/Bianchi cuando El Turf tiraba a la cancha un El Gran Capitan por año, la lista sería infinita y aun así injusta, porque fueron todos tan grandes que convirtieron, justamente, a Juan Carlos Etchechoury en socio de ese club precioso y vigente todavía en los recuerdos de quienes los vieron y disfrutaron. De quienes estudiando esos programas que abundaban en figuras, elegían y se quedaban “con el que cuida Pochi”… 

Después, como decíamos, se ganaba o se perdía. Cambiaban los intérpretes. Podía sonreír el Topo (el socio de aquella mítica proeza de El Virtuoso en Brasil), pasar serio como una estatua Pezoa, ni hablar del malogrado Jorgito Palacios, casi una réplica de las esfinges egipcias, o antes festejar Jarita con su viveza chilena las chanzas irónicas de los muchachos por alguno que había perdido… 

Pasaban las parejas brazadas del discreto El Galeno (El Curaca y Gale), o escarbaba abierta, majestuosa, Solyluz (Solazo y To Night) intentando con la blusa de Rosa del Sur capturar la eterna disparada de su hermana Pariguana (Solazo y Parigina), su jurada “enemiga” rival de La Quebrada/ Arana/Carlitos Zarlengo/Titi Zapata…

Las postales inolvidables que dejó Juan Carlos Etchechoury en nuestro turf llenarían libros, quedarán para otra nota, larga, detallando algunas de esas fotos emblemáticas… Hoy simplemente vayan estas líneas desde Turf Diario para acompañar a sus familiares y amigos en este momento de dolor infinito. Solo queremos decir que fue un inmenso honor, un privilegio como dicen en el norte, haber podido ver, ser testigos, disfrutar el arte y el señorío de Juan Carlos Etchechoury en tantas décadas del mejor turf argentino…