Julio César Méndez tuvo una despedida soñada en Maroñas
- Turf Diario

- hace 55 minutos
- 3 min de lectura
A los 55 años, el jockey se retiró ante su público y ganó con El Bomba en su última presentación; emoción al máximo para un profesional respetado por todos




Por Diego H. Mitagstein
Hay finales que parecen escritos de antemano, aunque muy pocas veces la realidad se atreve a respetar el guion. La despedida de Julio César Méndez fue uno de ellos. El Príncipe se retiró este domingo como había soñado, pero también como merecía una trayectoria de semejante dimensión: ganando con El Bomba (Trinniberg) la octava carrera del Hipódromo Nacional de Maroñas y recibiendo luego una ovación que difícilmente podrá olvidar.
A los 55 años y después de cuatro décadas en las pistas, el jockey nacido en Melo salió por última vez a competir y transformó ese compromiso final en otra victoria. Una más para sus estadísticas, sí, pero completamente diferente de todas las anteriores. Esta no tuvo que ver con récords, clásicos ni grandes premios. Fue la del adiós, la que cerró una vida profesional cargada de sacrificios, alegrías y éxitos.
El Bomba respondió en la pista y Méndez hizo el resto, con la serenidad y la capacidad que siempre lo distinguieron. Cuando cruzaron el disco adelante, la emoción invadió Maroñas. El público lo recibió con una ovación y, en la zona de la fotografía, sus colegas lo aguardaron para rodearlo y acompañarlo. Allí estuvieron quienes compartieron con él madrugadas, viajes, caídas, triunfos y derrotas. El cuarto de jockeys despidió a uno de los suyos, a un referente y, por encima de cualquier resultado, a una persona respetada y querida.
La escena resumió mejor que cualquier palabra lo que Méndez representó para el turf rioplatense. No hubo necesidad de discursos grandilocuentes. Alcanzó con observar los abrazos, las sonrisas, las lágrimas y ese reconocimiento espontáneo que únicamente reciben quienes dejan una huella profunda.
Durante la semana, Julio le había contado a Turf Diario que la decisión estaba tomada y que sentía que había llegado el momento.
“Llegó la hora. Estaba corriendo y montando poco, los kilos empezaban a costarme algo y creo que es el momento de retirarme. Lo hablamos con la familia, porque lo venía pensando, y llegamos a la conclusión de que era lo mejor. Me voy a despedir corriendo y ante mi público, ¿qué más puedo pedir? La vida no se trata nada más que de ser jockey”, había explicado.
Difícilmente pudiera imaginar entonces que la despedida sería todavía más perfecta. Iba a correr ante su gente, pero además terminaría ganando. A veces, el turf devuelve en un instante parte de todo lo que recibió durante años, y esta vez decidió regalarle a Méndez una última alegría.
El Príncipe comenzó a destacarse en Uruguay y en 1996 viajó hacia la Argentina, donde se instaló entre los mejores jockeys de una época dominada por figuras extraordinarias. Según los registros del Stud Book Argentino, ganó 1423 de las 10.675 carreras que disputó en el país, incluyendo 164 clásicos, 122 pruebas de grupo y 37 de G1.
Su palmarés resulta imponente. Ganó dos veces el Gran Premio Carlos Pellegrini (G1) y otras tantas el Gran Premio Jockey Club (G1); conquistó la Polla de Potrillos (G1) con Urquell (Lode), Mi Amiguito (Indygo Shiner) y Don Valiente (Orpen), y vivió uno de sus momentos más gloriosos cuando condujo a Latency (Slew Gin Fizz) hacia la victoria en el Gran Premio Latinoamericano (G1) de 2006, justamente en Maroñas.
“Conseguí todo lo que soñaba. Estoy orgulloso, no anduve tan mal”, había resumido entre risas y emoción. “Fui siempre un luchador, dando todo y peleando desde abajo. Era difícil sobresalir en ese momento y puedo decir que lo conseguí”.
Este domingo llegó la confirmación de que no anduvo nada mal. Se retiró ganando, abrazado por sus compañeros y ovacionado por el público de Maroñas. El mismo escenario donde había nacido su sueño y donde, muchos años después, volvió para completar el círculo.
Julio César Méndez se baja definitivamente de la montura. El turf pierde a un jockey clásico y el cuarto de profesionales, a uno de sus grandes referentes. Quedarán sus victorias, sus estadísticas y los recuerdos de tantas tardes inolvidables.
También quedará para siempre esa última imagen: El Príncipe cruzando adelante con El Bomba y caminando hacia la fotografía rodeado por sus colegas y por el cariño de su gente.
El final soñado para una carrera extraordinaria. La despedida que Julio César Méndez merecía.





Comentarios