Un viaje a las memorias del Aga Khan III y a una época irrepetible del turf
- Turf Diario
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Carlo Zuccoli nos invita a recorrer momentos inolvidables para la hípica del mundo, de la mano de un criador y propietario ilustre

Por Carlo Zuccoli
La diferencia entre los dos clubes, uno en Bombay y el otro en Calcuta, es que en uno no permiten la entrada ni a los perros ni a los indios; en el otro sí permiten perros.
Hace 2 ó 3 años, un gran tipo y muy buen amigo, Paul Binfield, representante de Paddy Power en distintos hipódromos de Gran Bretaña, me hizo un regalo extraordinario: un ejemplar de The Memoirs of the Aga Khan, publicado por Cassell & Co. Ltd., en Londres, en 1954.
Desde aquel día el libro permanece sobre mi escritorio y, cada tanto, vuelvo a abrirlo. Mejor dicho: vuelvo a releer alguna de sus páginas.
El prólogo lleva la firma, nada menos, que de William Somerset Maugham.
Y fue precisamente ese enorme escritor quien, para situar al lector en la atmósfera de la época y en el mundo de Su Alteza, escribió la frase que encabeza este artículo, recordando un comentario que le había hecho el Príncipe Heredero de Hyderabad.
En el capítulo 4 del libro, Nine Crowded Years (1900-1909), Sir Sultan Muhammad Shah, más conocido como Aga Khan III (1877-1957), relata: "En cierta ocasión, durante una importante ceremonia de la Corte, el difunto maharajá de Rajpipla se presentó ante el Rey sin lucir -como correspondía- el collar de una de sus condecoraciones, simplemente porque le resultaba incómodo. El Rey se enfadó y dejó bien claro su disgusto, pero la Reina María hizo rápidamente un gesto conciliador hacia el joven, como diciéndole: 'No se preocupe, ya pasará'. Y así fue: el Rey terminó perdonándolo".
Menciono a Vijayasinhji Chhatrasinhji (1890-1951), maharajá de Rajpipla, por una razón muy sencilla: tuve la fortuna de conocer a su hijo, Su Alteza el príncipe Rajsingh -para todos, simplemente Pippi- y también a su hija, la princesa Premila. Su madre era una escocesa de extraordinaria belleza.
Pippi era un auténtico caballero. Escritor, colaboró desde Francia con la revista The Racehorse, cuando Tony Stafford era su editor en jefe. En otros tiempos fue un apostador de peso y, sobre todo, un extraordinario conocedor del turf mundial.
Viajaba a todos los grandes eventos internacionales.
Lo vi varias veces en Ascot, impecablemente vestido, recorriendo la hilera de los bookmakers para realizar apuestas importantes. Era muy delgado, pero imposible no reconocerlo. Y casi siempre, muy cerca de él, estaba también Phil Bull, fundador de Timeform, moviéndose de manera bastante similar.
Fue el propio Pippi el que me contó que había sido su padre, el maharajá de Rajpipla, ganador del Epsom Derby de 1934 con Windsor Lad (Blandford), el que introdujo al Aga Khan III en el mundo de las carreras de caballos.
De una forma u otra, aquel universo jamás volverá a existir.
Debo decir que cuando Kirsten Rausing me habló de Mowerina (Scottish Chief), de Darbhanga (Dastur) -medio hermano de Nasrullah (Bold Ruler), ambos hijos de la extraordinaria Mumtaz Begum (Blenheim)-, de la prueba sueca bautizada en honor a Mowerina, las 1000 Guineas conocidas como Mowerina Löp, y de que el abuelo de Mowerina la había ganado con More Mahal (Darbangha), inmediatamente abrí las Memorias para buscar más información sobre Darbhanga, su padre Dastur (Solario) y su madre Friar's Daughter (Friar Marcus).
Descubrí algo realmente sorprendente. Aunque parezca increíble, Darbhanga fue segundo en las tres pruebas de la Triple Corona inglesa de 1945.
¿Habrá existido algún otro caballo capaz de semejante logro?
Tanto Darbhanga como su padre Dastur habían sido criados por Su Alteza el Aga Khan. Sin embargo, curiosamente, ninguno de los dos aparece mencionado en sus memorias.
Friar's Daughter fue criada por el coronel F. Lort-Phillips. Su segunda madre era Concertina (St Simon), cuya hija Plucky Liege (Spearmint) produjo tres nombres fundamentales para la historia del Stud Book: Sir Gallahad III (Teddy), ganador de las 2000 Guineas francesas y luego extraordinario padrillo en los Estados Unidos; Admiral Drake (Craig an Eran), vencedor del Grand Prix de Paris y posteriormente líder de la estadística de padrillos en Francia; y Bois Roussel (Vatout), excelente reproductor tanto en Inglaterra como en Irlanda.
La tatarabuela de Concertina era Miss Agnes (Birdcatcher), tercera madre del invicto Ormonde (Bend Or), ganador de la Triple Corona inglesa, y cuarta madre de la inolvidable Sceptre (Persimmon).
Cuando era potranca al pie de su madre, Friar's Daughter fue vendida por 120 guineas a la señora E. M. Plummer, que un año después la revendió al Aga Khan por 250 guineas. Muy probablemente, Su Alteza se sintió atraído por ella debido a su estrecha consanguinidad con el gran St. Simon.
Friar's Daughter no fue una corredora brillante, pero produjo 11 ganadores. Entre ellos figuró nada menos que Bahram (Blandford), vencedor de la Triple Corona inglesa, criado y defendiendo los colores del Aga Khan. Como señalé anteriormente, también fue la madre de Dastur. Y, sin embargo, pese a semejante producción, tampoco ella merece una sola referencia en las memorias de Su Alteza.
Hay otro pasaje del libro que merece ser citado, aunque sea para señalar un importante error. Al referirse a los entrenadores, en la página 199, el Aga Khan escribió: "Hoy existe un exceso de cuidados, demasiado algodón protector. Como casi todos los entrenadores siguen las ideas que están de moda, ello no tiene demasiada importancia, pero creo que si cualquiera de ellos hubiera tenido que enfrentarse a los hombres duros del pasado o a Madame Tesio (¡¿?!), habría quedado muy mal parado. La explicación suele ser que antiguamente muchos caballos terminaban arruinados durante el entrenamiento".
Como he dicho siempre, la historia no puede olvidarse.
Las personas que construyeron -y las que siguen construyendo- la historia del turf merecen ser recordadas para siempre. Por fortuna existen muchísimos libros dedicados a ese legado, y salir a buscarlos constituye un ejercicio tan apasionante como enriquecedor.
También vale la pena recordar las palabras con las que el propio Aga Khan abre sus memorias: "La vida es una vocación grande y noble, no una existencia mezquina y rastrera que debamos simplemente sobrellevar como podamos, sino un destino elevado y sublime".
La cita pertenece a William Ewart Gladstone, aunque el Aga Khan no menciona al autor...

