Hace un año, el hijo de Fortify levantaba la copa del Classic más antiguo del turf argentino; hoy se recupera de una fractura

Ninguna carrera de las importantes en la Argentina tiene más historia que el Gran Premio Jockey Club, que este sábado en el Hipódromo de San Isidro vivirá una nueva versión. Todavía no existía ni siquiera la Triple Corona cuando en 1883 se corrió la primera edición, con algunas curiosidades de por medio.

Aquél clásico incipiente no se corrió en el Hipódromo de San Isidro, sino en el Hipódromo Nacional, que fue su sede hasta 1895, pues al año siguiente se mudaría al Hipódromo Argentino, llegando sólo en 1955 a la cancha donde actualmente se desarrolla. También que estaba reservada para potrancas y que Nana, su ganadora, es, hasta aquí, el único extranjero que consiguió levantar la copa, pues la hija de Altyre había nacido en Inglaterra.

Mucha agua corrió bajo el puente y los nombres más importantes de nuestra historia hípica fueron capaces de terminar adelante. El Jockey Club requiere algo de velocidad, bastante de resistencia y mucho de rusticidad, pues se resuelve en un momento de la temporada donde el proceso selectivo y su rudeza empiezan a pasar factura.

El último potrillo capaz de ganarlo fue Roman Joy, cuya lugar en los libros ya está asegurada, con ese mote de “celebridad” que suele corresponderle a todos aquellos que consigue llevarse el Jockey Club. Pero la historia del alazán que con Eduardo Ortega Pavón en sus riendas y portando la chaquetilla de El Angel de Venecia festejaba hace casi doce meses, viró hacia un lado bastante más trágico cuando durante el parate por la pandemia se lesionó de gravedad en una mañana de trabajos en el Campo 2.

Fue de la gloria al sufrimiento el camino que recorrió el muy buen caballo que preparaba Carlos D. Etchechoury, pues Después de correr el Longines Latinoamericano (G1), cuando terminó décimo quinto, el hijo de Fortify y The Rosy (Hennessy) se fracturó el sesamoide de su mano derecha, un problema complicado y que muchas veces deriva en la peor de las noticias. Pero, con el mismo tesón que ponía cuando competía en una pista, Roman Joy da pelea para recuperarse.

“El caballo está estable, ya sin yeso, en el Haras Chenaut continuando su proceso de recuperación”,  cuenta Mariano Semowoniuk, con rol central detrás de los caballos de Carlos Felice. Se le pregunta sobre si hay algo decidido sobre su futuro, y Mariano es sincero: “La verdad que hasta que no se recupere casi por completo preferimos no hacer ningún tipo de planes. Ya camina pausadamente, se echa y se levanta, y esas son buenas noticias. Pero hay que ser cautos por un tiempo más. Pero remarco que su evolución es favorable y tiene satisfechos a los veterinarios que lo atienden”.

Con la misma calidad que exhibía en cada carrera, a un año de su consagración, el destino puso a Roman Joy ante un desafío inesperado y doloroso, pero que viene superando apoyado en la misma clase y el mismo corazón que se le vio cuando en el barro de San Isidro frenó con ímpetu a Imperador (Treasure Beach) para meterse definitivamente en la historia grande del turf argentino.

Diego H. Mitagstein