Se fue Carlos Martínez de Hoz; se fue un amigo grande

1912

Padre, propietario, dirigente, criador, hípico de pura cepa, falleció este miércoles a los 63 años

Golpe duro para la hípica argentina la temprana partida de Carlos Martínez de Hoz, un amigo, un hombre de turf. Tras permanecer varios días internado por un severo problema de salud, falleció en la mañana de ayer, a los 63 años.

Carlitos, como lo llamaban casi todos, podía tener muchos defectos, pero también una cualidad única: la de ser una persona de bien, querible, con un compromiso por el turf que si fuera virus ubicaría a la Argentina en un plano altísimo.

Durante toda su vida le dio al deporte que amaba todo lo que pudo, ya sea a la par de su amigo del alma Roberto Bullrich o como cuando tuvo la oportunidad de ser parte de la comisión de carreras de La Plata (cargo que ocupó durante varios años) o de presidir la comisión de carreras del Hipódromo de San Isidro, tiempo breve pero que alcanzó para que introdujera cambios en lo hípico que todos reconocieron.

Desde chico Carlos no pudo escapar a la pasión por los pingos, siguiendo el camino familiar de Comalal y Malal Hué y Chapadmalal, sus desprendimientos. Tuvo también en algún tiempo un paso comercial por las carreras, cuando desarrolló la Agencia Rafale, sin olvidar las muchas fotos con la chaquetilla del Stud Mora, el nombre que luego elegiría para su amada hija.

Hermano de Enrique, Santiago y Eduardo, todos tan hípicos como él, Carlitos dejó huella entre sus muchos amigos e incluso quienes no compartían muchos de sus pensamientos frontales lo respetaban justamente por su transparencia.

A Carlitos se lo va a extrañar mucho, muchísimo. En cada tarde de carreras, en los salones del Jockey Club, en el Campo 2 de San Isidro y en todos los lugares -siempre hípicos, por cierto- que solía elegir para compartir con las personas queridas.

Una pena no tenerlo más por aquí, poder disfrutarlo, cruzarlo en la tribuna o tener una charla de carreras y de caballos, esas que lo apasionaban tanto. El consuelo pasará por las horas compartidas, las sonrisas y el placer inmenso de haber disfrutado de su generosa amistad. Chau, Carlitos…

Diego H. Mitagstein