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El Olimpo se mudó a Gávea: Lanfranco Dettori y un adiós de leyenda

  • Foto del escritor: Turf Diario
    Turf Diario
  • hace 29 minutos
  • 3 Min. de lectura

El jockey italiano tuvo una despedida de ensueño en Río de Janeiro, ganando 2 carreras, incluso un G1, y recibiendo una ovación por parte del mucho público que se hizo presente


El último salto en la fantástica trayectoria de Frankie Dettori, de G1 / SYLVIO RONDINELLI - KAROL LOUREIRO
El último salto en la fantástica trayectoria de Frankie Dettori, de G1 / SYLVIO RONDINELLI - KAROL LOUREIRO

Por Diego H. Mitagstein (Enviado especial de Turf Diario a Río de Janeiro, Brasil)

RÍO DE JANEIRO, Brasil (De un enviado especial).- El destino, caprichoso y romántico como pocos, decidió que la última página del libro más dorado del turf mundial no se escribiera en Ascot, ni en Longchamp, ni en el barro de Churchill Downs. El cierre perfecto, ese que ni el mejor guionista de Hollywood se habría atrevido a bosquejar, tuvo lugar el último domingo bajo el cielo de esta ciudad. En el Hipódromo de Gávea, Lanfranco Dettori transformó un retiro anunciado en una oda a la perfección, recordándonos que el talento no sabe de documentos de identidad, sino de latidos y de magia.

Fue una tarde donde el tiempo pareció detenerse. Desde que el italiano pisó la pelousse, el ambiente se cargó de una electricidad distinta. No era un jockey más cumpliendo un compromiso; era el Rey reclamando su trono por última vez antes de entregar la corona. Y lo hizo rodeado de lo que más ama: el calor del público brasileño y la mirada cómplice de su esposa, Catherine, que fue testigo preferencial de una exhibición que quedará grabada en el mármol de la hípica sudamericana.

La jornada comenzó a calentar motores temprano. Dettori no vino a pasear, vino a ganar. Su primera pincelada de la tarde llegó sobre la cruz de Speak Alpha (Alpha), el caballo que no tenía previsto montar, pero al que accedió subirse por un favor personal con su propietario.

Frankie ubicó al defensora del Stud Cozumel en el lugar justo y en el momento indicado, y dominó en la recta, festejando como su hubiese sido la primera victoria de su vida. Fue una conquista técnica, pulcra, que sirvió de aperitivo para lo que vendría después. El público ya empezaba a corear su nombre, presintiendo que la historia grande estaba a la vuelta de la esquina.

El plato fuerte, el momento que justificó cada kilómetro recorrido y cada entrada pagada, fue el Gran Premio Estado do Río de Janeiro (G1), parte inicial de la Triple Corona local, auspiciado por Santa María de Araras y que cerró su cuenta personal. Sobre la silla de Bet You Can, Dettori dio una cátedra de conducción que nos hizo dudar de sus 50 y largos años. Como si tuviera 20, con una energía inagotable y una visión de carrera periférica, Frankie largó desde un prohibitivo 16 con el hijo de Can the Man, cruzó la cancha hacia adentro y lo afirmó cerquita del puntero Ta Legal (Can the Man).

La recta final fue un monólogo de talento. Mientras sus rivales buscaban el aire, Dettori acompañaba con ese estilo único, rítmico, casi musical, dominaba por los 400 metros y arriba resistía con clase el avance de Torres García (Il Doge), que terminó segundo.

Al cruzar el disco, el estallido fue total. El G1 ya era suyo. El último triunfo de una carrera inigualable no fue un regalo de la suerte, fue el resultado de una faena maravillosa, ejecutada por el más grande de los tiempos modernos, a los pies del Cristo Redentor.

Tras el éxito, llegó el ritual. Ese salto desde la montura que se convirtió en su marca registrada dio la vuelta al mundo una vez más. Catherine, visiblemente emocionada, recibió a un Frankie que desbordaba alegría. No había tristeza por el adiós, sino la satisfacción del deber cumplido con creces.

Gávea fue el epicentro de un terremoto emocional. Ver a Dettori ganar dos carreras, incluyendo una de máximo nivel, es la prueba de que se retira en la cima, sin deudas con el cronómetro ni con la estética. La historia fue escrita perfecta: la familia y los amigos presentes, y el látigo en alto celebrando una victoria de G1 que suena a gloria eterna.

Lanfranco Dettori se va, pero nos deja el recuerdo de un domingo en el que el turf fue, más que nunca, un arte; con un escenario colmado de público, como hacía tiempo no se veía aquí. En las vitrinas de su memoria, Río de Janeiro ahora ocupa un lugar privilegiado, junto a las grandes capitales del mundo que alguna vez se rindieron a sus pies.

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