Rubén Galloso, un jockey fenomenal, parte de una época dorada del turf
- Turf Diario

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Apodado "El Poeta de la Fusta", el jockey falleció el sábado a los 72 años, con mil historias escritas y un talento que no no es común

Se fue Rubén Darío Galloso. Y con él, se apaga una de esas voces que no necesitaban gritar para hacerse oír en el desarrollo. Se fue el "Poeta de la Fusta", un apelativo que hoy, suena a una nostalgia necesaria. No solo corría caballos; los acompañaba, los convencía y, sobre todo, los entendía como pocos en esa generación dorada que pobló los programas de los años 70, 80 y 90.
Para quienes peinan canas en la redonda de exhibición, su nombre era sinónimo de una mano de seda. Galloso fue el jinete que transformaba la tensión de los 200 finales en una estrofa bien escrita. Su apodo no era casualidad: había en su postura, en su forma de esconderle el viento al rival y en ese milimétrico sentido del timing, una lírica que hoy ya no es tan común de encontrar.
Su campaña está jalonada por triunfos que hoy son parte del archivo sagrado del elevage argentino. Fue el socio de un millero inolvidable como Hackman (Hall of Arts), también el hombre que mejor entendía a Ganem (Fitzcarraldo), con el que ganó el Gran Premio 9 de Julio (G1) en 1992. De Irina (Ringaro), en el primer Gran Premio Estrellas Juvenile Fillies (G1), o de Kapela (Harper) cuando la yegua rosarina se llevó el Eliseo Ramírez (G1), en 1989.
Yoel (Yankee Clipper), Santángelo (Snow Paramount), Halcón Guapo (Wohlgemuth), Fan Toss (Egg Toss), Gap (Fort de France), Señor Feudal (Bold Forli), Clavija (Cipayo), Spazio (Farnesio), muchos fueron los ejemplares que disfrutaron de su habilidad única.
Galloso se despidió de las pistas un 17 de abril de 1999, cuando ya le había perdido el gusto a la profesión de su vida. Travieso, hábil, bohemio, era de esos a los que no se les escapaba detalle. Probó en la cuida, también, unos años más tarde, pero la experiencia duró lo que un suspiro, alcanzando tan solo una victoria cuando a su nombre le tocó aparecer en el lado derecho de los programas.
Galloso era un cirujano del estribo. No era de los que amontonaban caballos; era de los que buscaban el hueco con la precisión de un orfebre. En una entrevista rescatada por el tiempo, el propio Rubén recordaba cómo engañaba a sus rivales -figuras de la talla de Vilmar Sanguinetti o Jorge Valdivieso- mostrándoles el camino por dentro para terminar saltando hacia afuera con una agilidad que descolocaba a los más experimentados.
Era un jinete de "paladar negro", queridísimo por el público, que lo admiraba, y también lo sufría. Entendía que la fusta era un recurso, no una obligación.
Su partida, tras luchar por varios meses con una dura enfermedad, deja un vacío de los grandes, y deja mil anécdotas sin ser contadas. Se va un hombre que vivió el turf de las madrugadas de frío, de los cronómetros manuales y de la palabra empeñada en el pesaje.
Hoy, en Palermo, San Isidro o La Plata, seguramente el viento sople un poco más fuerte en la recta opuesta. Es el Poeta que se despide, buscando su última atropellada, con la fusta bajo el brazo y esa elegancia innata que lo convirtió en leyenda. El turf argentino lo despide de pie, como se despide a los que hicieron de la profesión un arte.
Hasta siempre, Poeta. El disco final ya es tuyo.





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