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Roberto Pellegatta, su conexión con Florencia Giménez y el disco de Le Pera como premio

  • Foto del escritor: Turf Diario
    Turf Diario
  • hace 2 horas
  • 4 min de lectura

Tres años después del accidente que cambió su vida para siempre, la mendocina consiguió su primera victoria como entrenadora con un caballo que le regaló Pelle; detrás del éxito en el Hipódromo de Mendoza hay una historia de amistad, solidaridad y una pasión por los caballos que pudo más que cualquier adversidad


Fotos GENTILEZA JOSÉ MALUF
Fotos GENTILEZA JOSÉ MALUF

Por Diego H. Mitagstein

Aveces una fotografía alcanza para contar una historia completa. En la que quedó después del Premio Alma Burrera, de hace unos días en Mendoza,  aparece Florencia Giménez sonriendo como hacía mucho no se la veía. A su alrededor hay abrazos, felicitaciones y un caballo llamado Le Pera, el responsable de regalarle su primera victoria como entrenadora en el hipódromo de su casa. Lo que la imagen no muestra es todo lo que hizo falta para llegar hasta ese instante.

Detrás de esa mueca de felicidad hay más de 3 años de lucha. Hay una caída que conmocionó al turf argentino, una recuperación que parecía interminable, el apoyo incondicional de su familia y de muchísima gente que decidió acompañarla cuando más lo necesitaba. También hay nombres propios, como los de Manuela Basombrío y Roberto Pellegatta, dos personas que, desde lugares diferentes, fueron fundamentales para que Flor pudiera volver a encontrar un horizonte.

Aquella tarde del 17 de abril de 2023 sigue muy presente en la memoria del ambiente. En pleno codo del Hipódromo Palermo, la yegua Casta y Pura sufrió una lesión y provocó una rodada de consecuencias devastadoras. Florencia cayó con violencia y comenzó una carrera infinitamente más difícil que cualquiera de las que había disputado como jockey.

Las primeras horas fueron dramáticas. Su vida estuvo en riesgo y la incertidumbre se instaló entre familiares, amigos y colegas. Después llegaron los meses de internación en el Fleni, las intervenciones, la rehabilitación y el desafío de aprender a convivir con una nueva realidad, ahora sobre una silla de ruedas.

Fue un camino largo, duro y lleno de obstáculos. También de enormes gestos. Durante toda aquella etapa, Manuela Basombrío estuvo siempre cerca. Su apoyo durante la estadía de Florencia en el Fleni fue constante y silencioso, ayudando a que la preocupación pasara únicamente por recuperarse. Al mismo tiempo, desde distintos rincones del país, el mundo del turf hizo sentir su cariño hacia una joven que siempre había sabido ganarse el afecto de todos. Entre quienes nunca dejaron de seguir de cerca su evolución estuvo Roberto Pellegatta.

El entrenador no perdió contacto con Florencia durante todo ese proceso. Se interesó permanentemente por su recuperación y, cuando sintió que había llegado el momento de darle una nueva oportunidad, encontró la mejor manera de hacerlo. En silencio, como le gusta: le regaló un caballo.

No fue un gesto simbólico. Le Pera, un hijo de Dabster, emprendió viaje rumbo a Mendoza para transformarse en una nueva ilusión. Pellegatta, además, asumió todos los gastos que demandó el traslado hasta la provincia cuyana y, tiempo después, decidió enviar otro ejemplar para que Flor siguiera construyendo su nuevo camino dentro de la actividad.

Porque, aunque ya no pudiera correr, los caballos seguían siendo su lugar en el mundo.

De regreso en Mendoza, comenzó a trabajar junto a su padre, reencontrándose de a poco con la rutina del hipódromo. Cambió la fusta por la libreta de entrenamientos, las montas por los vareos observados desde abajo y los nervios del partidor por las responsabilidades del otro lado del box. Era una vida distinta, pero seguía siendo turf.

Y Le Pera pasó a convertirse en uno de los pilares de esa nueva etapa. Hasta que llegó el Premio Alma Burrera. Con Matías Santucho en la montura, el alazán respondió a la confianza depositada en él y cruzó el disco en primer lugar. El resultado entregó la primera victoria oficial de Florencia Giménez como entrenadora. También como propietaria.

Pero la importancia del triunfo fue muchísimo mayor que la de cualquier estadística. Porque quienes aplaudían desde la tribuna no celebraban únicamente el éxito de un caballo. Celebraban verla otra vez disfrutando de un triunfo. Celebraban comprobar que la pasión había encontrado una nueva forma de expresarse. Celebraban, sobre todo, que aquella chica que peleó por su vida y atravesó una recuperación conmovedora volviera a tener motivos para sonreír.

Quizá dentro de algunos años Le Pera sea apenas un nombre más en las estadísticas del Hipódromo de Mendoza. Los programas dirán que ganó el Premio Alma Burrera con la conducción de Matías Santucho y que lo entrenó Florencia Giménez.

Pero quienes conocen la historia sabrán que aquel día no ganó solamente un caballo. Ganó una mujer que se negó a resignarse. Ganó un entrenador que entendió que la mejor ayuda no era una palabra de aliento, sino devolverle una ilusión. Ganó una familia que nunca dejó de empujar. Y ganó un deporte que, muchas veces señalado por su competencia feroz, también sabe unirse cuando uno de los suyos más lo necesita.

Por eso la fotografía dice tanto.

Porque, a veces, una sonrisa vale mucho más que cualquier resultado oficial.


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